Cómo gestionar el aula

Teresa Pigrau y Neus Sanmartí

 

La aplicación de cualquier actividad científica escolar conlleva una gestión de aula que favorezca la interacción entre todos sus miembros y con el entorno, y conseguir que todos y cada uno de los niños y niñas expresen sus modos de pensar, hacer y sentir, utilizando una variedad de formas de comunicación.

La finalidad es promover el contraste entre ellas y llegar a un consenso. En el aula será importante trabajar de manera cooperativa, para que cada persona pueda aportar al equipo sus saberes y experiencia, de forma similar a como se valora que se debe trabajar en los grupos de investigación científica.

Las condiciones intelectuales de la cooperación se cumplen mejor en un grupo pequeño, cuando cada integrante intenta comprender los puntos de vista de los demás y adapta su propia acción o contribución verbal a la de ellos. El estudiante razona con más lógica cuando discute con otro, ya que lo primero que busca es evitar la contradicción y, también, demostrar y dar sentido a las palabras y las ideas.

El trabajo en equipo favorece a todo tipo de estudiantes, tanto a los que tienen dificultades de aprendizaje como a los que no. Si tienen dificultades, el pequeño grupo facilita la expresión de sus dudas y puntos de vista, algo difícil en el marco del gran grupo. Y si no tienen dificultades, la necesidad de explicar los propios razonamientos obliga a concretar y desarrollar de manera lógica y, además, aumenta la empatía. Sabemos que sólo se es capaz de explicar algo a los demás cuando está bien aprendido.

El maestro tiene la función de plantear constantemente preguntas para focalizar la mirada, de priorizar algún punto de vista interesante surgido en el aula, de estimular la interconexión entre las ideas, la generalización y la abstracción, y de fomentar la retroalimentación entre el alumnado.

Todo grupo-clase crea sus propias reglas de funcionamiento y las institucionaliza. Aunque no se verbalice, todas las personas que lo componen saben qué se puede hacer o no, que estará ‘bien visto’ por el grupo y que conviene ocultar. Se establecen relaciones entre los miembros (de aceptación, rechazo o indiferencia) y se generan expectativas sobre los objetivos del trabajo a realizar (aprender o, por el contrario, aprobar copiando o memorizando sin comprender), y reglas de actuación (en relación a la realización de las tareas y la participación). Dedicar tiempo a la institucionalización del grupo, favoreciendo que los estudiantes tomen conciencia de su funcionamiento y hagan propuestas para mejorarlo, no significa una pérdida de tiempo sino que, en general, es hacer más rentable el poco tiempo que se tiene.

En este marco es fundamental tener en cuenta los aspectos relacionados con la afectividad del alumnado, con sus sentimientos y las emociones que puedan experimentar. Sin un buen desarrollo emocional es imposible que otras capacidades se apliquen en la resolución de tareas útiles, tanto para la propia persona como para el colectivo del que forma parte.